En un corto viaje a La Graciosa visitamos una de sus playas más hermosas. La pequeña cala de La Cocina, formada a los pies del volcán de nombre Montaña Amarilla.
- Dónde: Isla de La Graciosa.
- Duración: 1 hora (ida).
- Dificultad: Baja.
- Imprescindible: Imprescindible agua. No hay posibilidad de abastecerse. Descargar artículo en PDF
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Recorriendo La Graciosa
Este verano hemos estado recorriendo la isla de La Graciosa. Lo sabes ya, porque te hemos contado algunas de las microAventuras que vivimos allí, tanto en esta ocasión como en visitas anteriores.
Te hemos hablado de su pico más alto, Agujas Grandes y de cómo ascendimos hasta el en un día de intenso viento. Hemos paseado por la bahía de El Salado, con sus inquietantes arenas movedizas y hemos alcanzado, en el extremo noroeste, la impresionante playa de Las Conchas.
Hoy nos dirigimos al lado opuesto de la isla, al extremo sur, en busca de Montaña Amarilla y su pequeña playa de arena rubia: La Cocina.

Partimos a pie desde Caleta del Sebo. Sabes que en La Graciosa solo hay dos modos de desplazarse por la isla, caminando o en servicio de taxi-todorerreno. Nos dirigimos en dirección sur. Dejamos atras las últimas casas del pueblo e iniciamos un recorrido de poco menos de 4 kilómetros.
Caminamos bordeando la costa. Al poco alcanzamos la zona conocida como El Salado. Una planicie de arena en la que, en marea baja se forman grandes charcos de poca profundidad.

Damos un rodeo, atendiendo a los avisos que tratan de proteger una zona de nidificación de aves. El camino es llano y apenas reviste dificultad. Hacia el interior vemos cada cierto tiempo la pista de tierra, sobre la que los taxis pasan de cuando en cuando levantando una buena polvareda.
Al cabo de un rato el sendero se une con la pista y avanzamos hasta que esta llega a su fin, a unos 2.5km desde el inicio. Ya desde aquí vemos la playa Francesa, otro de los atractivos de esta pequeña isla canaria. Los tripulantes de un solitario velero fondeado disfruta a primera hora de la mañana de un lugar casi salvaje, apenas sin presencia humana.

Bordeamos la playa, que consta de dos pequeñas ensenadas, y alcanzamos un punto elevado en el extremo sur de la bahía. Aquí una derruida construcción de piedra nos invita a descansar y disfrutar de las vistas de El Río.

Bebemos un trago de agua y retomamos el camino con destino ya a nuestra última parada.
Una montaña y una cala de ensueño
Vamos hacia Montaña Amarilla y lo cierto es que este volcán es visible desde prácticamente todo el recorrido. Ahora, eso sí, luce más imponente. Va mostrándonos poco a poco la gran mancha color ocre que desciende sobre una de sus laderas, y que le da nombre.

Caminamos sobre un malpaís aderezado con arena en el que las aulagas sobreviven a duras penas a las inclemencias de este clima casi desértico.
El viento que arrecia sobre las aguas de El Río parece calmarse aquí poco a poco, a medida que nuestro rumbo tuerce hacia el oeste. Estamos cerca, pues se intuye cada vez con más claridad la forma de una bahía.

Ya durante los últimos pasos se deja ver ante nosotros la pequeña playa de arena, que luce idílica y salvaje a los pies de una colorida montaña. La estampa es hermosa. Es temprano y somos casi los primeros en llegar, lo que nos permite disfrutar del lugar en plenitud.

Dejamos nuestro bártulos en la arena y deambulamos largo rato aquí y allá. Primero admirando y fotografiando las intrincadas formas de la montaña, preguntándonos por dónde se subirá, y si nos dará tiempo hoy. Después volviendo la mirada hacia el mar, en el que nos daremos un delicioso baño en pocos minutos.






Nos apresuramos a disfrutar de esta playa de curioso nombre, La Cocina, pues en el poco rato que hemos estado aquí ya se cuentan por decenas las personas que han llegado.
El lugar pierde entonces un poco de su magia, y se convierte en una playa más, una de tantas que abarrotan nuestras islas, y en las que es difícil encontrar un hueco para poner la toalla. Aún así se está bien. El hecho de tener que caminar para llegar hasta La Cocina disuade a muchos potenciales visitantes, y premia a aquellos que hacen el esfuerzo por alcanzarlo.
Comemos, jugamos en la arena, nadamos, disfrutamos con unas gafas de buceo del fondo marino, descansamos e iniciamos con buen sabor de boca el camino de vuelta. Sin duda ha valido la pena visitar Montaña Amarilla.

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