Varios años después de rodear el volcán de Montaña Negra visitamos la villa de Garachico para comprobar cómo se reconstruyó la que fuera la ciudad más importante de Tenerife tras ser sepultada por las coladas.
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El banquero genovés Cristóbal de Ponte se estableció en la región de Daute, en las tierras ofrecidas como pago por sus servicios a la Corona de Castilla, después de la conquista de Tenerife en 1496. En poco tiempo, el pueblo conocido como la Caleta del Genovés tomaría el nombre de Villa y Puerto, llegando a convertirse en la capital de la isla, gracias a la productividad de las tierras y a su puerto, que sirvió como punto de encuentro para los intercambios entre Europa y América. Sin embargo, en el año 1706, el volcán de Montaña Negra, también conocido con los nombres de Arenas Negras o de Trevejos, por la zona en la que se encuentra, puso fin a la edad dorada de la ciudad.

Algo más de tres siglos después paseamos tranquilamente por las calles de Garachico y caminamos por las faldas del mismo volcán que la sepultó. Los antiguos habitantes de la villa se empeñaron en volver a levantar su pueblo en el mismo lugar, dejando un entramado de calles y construcciones encajadas entre el nuevo relieve del paisaje.
Desde arriba, en Arenas Negras no somos capaces de imaginar la capacidad de destrucción que pudo tener la erupción de Trevejos. El cono es relativamente pequeño, de unos 140 metros de altura, y podemos rodear su contorno con facilidad, en un cómodo paseo entre el pinar y campos de ceniza volcánica. Desde abajo, la perspectiva cambia por completo. En el nivel del mar observamos cómo la inclinación del terreno favoreció el derramamiento de las lavas por la fuerte pendiente, en su descenso desde los 1.300 metros de altitud.







Aunque la destrucción de Garachico no fue completa, la desaparición del puerto y de los principales edificios administrativos, junto con el cese de las comunicaciones marítimas, terminarían con la prosperidad de la villa. Todavía hoy son visibles las huellas de la erupción en los deslizamientos de la montaña entre las casas y las construcciones sobre las coladas. Los charcos del malpaís surgido en el mar, hoy convertidos en la zona de baño de El Caletón, son la viva imagen de la capacidad de adaptación de los canarios.

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