Nos acercamos hoy hasta la playa de El Burrero, principal arenal de la Villa de Ingenio, y enclave pesquero poblado desde tiempos prehispánicos.
- Dónde: Ingenio.
- Duración: Corta. Un breve paseo por los alrededores te llevará apenas 30 minutos.
- Dificultad: Baja.
- Imprescindible: Protección solar. Descargar artículo en PDF
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La playa de Ingenio
Estamos en el sureste de Gran Canaria, en esa línea de costa azotada intensamente por el alisio, sobre todo durante los meses de verano.
Hemos venido a conocer una playa, la de El Burrero, y explorar sus alrededores. Lo cierto es que hemos pasado cerca en numerosas ocasiones, pero no ha sido hasta hoy que nos hemos decidido finalmente a venir.

El acceso principal viene desde la localidad de Carrizal, a través de una carretera perpendicular a la autopista GC-1. Esta pasa muy cerca del extremo sur de las pistas del aeropuerto de Gando. Conocemos este sitio, pues en el pasado hemos venido a hacer fotografías de aviones aterrizando, pero hoy nuestro objetivo está algo más al este, en la costa.
Llegamos al barrio de Ingenio que le da nombre. Avanzamos a través de la calle principal, en dirección al espigón, que puede verse al fondo. Antes de llegar giramos a la izquierda, cruzamos el barranco y nos encontramos con la playa.

Bajamos del coche y nos percatamos súbitamente de la fuerza del viento. El alisio arrecia hoy con fuerza y amaga con llevarse nuestra gorra con una de sus rachas.
Nos acercamos a la arena. Estamos ante una pequeña ensenada bordeada por un ancho paseo que da paso a una construcción. Al parecer alberga un club náutico. Algunas estructuras de madera provistas sobre el arenal a modo de solarium esperan solitarias a que algún atrevido se anime hoy a acercarse.





Dunas y cuevas
En el extremo norte, a la izquierda, una inmensa duna luce todavía virgen, como si se hubiese formado hace apenas unas horas. Encastrada en el lateral de un gran promontorio se desliza suavemente hasta los pies de algunas embarcaciones de pescadores varadas en la arena.



A su derecha varias cuevas de diversa factura se divisan a media altura, junto a los restos de una suerte de nido de ametralladoras.


Dirigimos ahora la mirada al mar y vemos un brazo de tierra que se adentra en la marea. Su cara de sotavento da refugio a algunos pescadores que prueban suerte en esta soleada mañana.

Una atalaya aborigen
Junto a la duna reparamos en la existencia de una escalera que, protegida por una baranda oxidada, asciende hacia el punto más elevado de la montaña que se atisba detrás.
Iniciamos el ascenso y al poco damos con cartelería que nos indica la existencia de un antiguo asentamiento aborigen. Los carteles informativos han sido pasto de las inclemencias meteorológicas y están en bastante mal estado. Los restos de viviendas prehispánicas que divisamos desde aquí nos recuerdan a los que vimos en su momento en un yacimiento similar, en la costa de Telde, el de La Restinga.

Continuamos el ascenso y llegamos a lo más alto. Aquí un par de bancos animan al visitante a sentarse a divisar el horizonte. El viento no ha dejado de arreciar con fuerza. El mar luce bravo y cae sobre nosotros la implacable luz de un intenso sol.




Tras una pausa avanzamos un poco más hasta el final del paseo y descubrimos una nueva playa, la playa de San Agustín. No descendemos hasta ella en esta ocasión, pero hemos anotado el lugar para explorarlo en una próxima visita.




Emprendemos el camino de vuelta. Dejamos atrás el yacimiento entre el estruendo del viento y del ruido ensordecedor de los motores de las aeronaves que despegan desde muy cerca. Alcanzamos de nuevo la playa y nos dirigimos ahora hacia el espigón.
El paseo es corto y transcurre sobre una ancha acera decorada con una suerte de grabados que representan distintos tipos de peces.



La arquitectura reinante en el barrio hace honor al dudoso gusto que por estas islas tenemos a la hora de construir. Teniendo tanto mar a nuestro alrededor ¿por qué será que son tan pocos los barrios marineros con encanto?
Alcanzamos el espigón y lo recorremos hasta la mitad. Al zoco de unos grandes paneles de madera, dispuestos a modo de cortaviento, algunos vecinos charlan o pescan entretenidos. Nosotros damos por concluida nuestra visita, invitados a retornar por el fuerte viento, a nuestro juicio cada vez más intenso.
Volveremos a El Burrero en esos meses en que el alisio da un respiro a nuestras islas, quizás a disfrutar de un día de playa. Nos vamos sin embargo con la sensación de haber conocido este lugar en su estado más puro: abrazado inevitablemente por las alas del viento.
Más en el sureste de Gran Canaria
La costa del sureste de Gran Canaria está llena de lugares interesantes que visitar, todos relativamente cerca unos de otros. Si andas por la zona no dejes de pasarte por la Cueva de la Reina Mora , el Bufadero de La Garita, las Salinas de Tenefé, el Faro de Arinaga o la reserva natural de Juncalillo del Sur.

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