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Días de calor. Mejor no ser blanco de los insufribles rayos de sol del verano. Esta frase de Miguel de Cervantes nos ha hecho pensar si en esta época del año, tiempo de vacaciones, atrevernos con la siempre pospuesta lectura del Quijote. Hace muchísimos años lo empezamos a leer, por obligación, en una versión escolar, cuando éramos niños, tal vez con 9 o 10 años y nos preparábamos para hacer el ingreso en los estudios de bachiller. Cada alumno de la clase, por indicación de la maestra, leía un par de párrafos, siempre con nervios, a trompicones y sin entender muchas palabras cuyo significado se explicaba aparte. En nuestra memoria nos quedan algunas imágenes de aquel libro con don Quijote luchando contra los molinos de viento, rajando con su espada odres de vino; en una jaula con leones o en un carro con don Quijote atado; y también de Sancho Panza, haciendo de gobernador de la ínsula Barataria o volando por los aires tras una tapia, manteado por unos alegres maleantes.
¿Por qué no atrevernos hoy a leer el más famoso libro de aventuras jamás escrito?

Lo primero, el libro
Todos lo conocemos, pero ¿cuántos lo hemos leído de principio a fin?
Para empezar te recordamos que hay dos Quijotes uno verdadero escrito por Miguel de Cervantes y otro apócrifo, escrito bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda. El Quijote fue editado por primera vez en dos tomos, el primero en 1605, el segundo en 1615. El primero de los tomos está dividido en cuatro partes y su título es El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. El segundo tomo se publicó como Segunda parte de don Quijote de la Mancha (aunque en realidad era la 5ª parte). Buscando en nuestra pequeña biblioteca nos damos cuenta de que tenemos 5 ediciones del Quijote, probablemente haya alguna más. Como diría el bachiller Sansón Carrasco, uno de los protagonistas de la novela, no hay libro tan malo que no tenga algo bueno. Queremos aplicarlo aquí al libro editado, pues si te invitamos a leerlo debes decidir si hacerlo en una edición de bolsillo, manejable, pero con letra bastante pequeña, o en un tomo más voluminoso y pesado, pero con letra más grande, en cuyo caso debes mantenerlo apoyado en un atril. Añade a esto las posibles manías personales, por ejemplo el color y la textura del papel, la existencia de notas al pie de página (a mi entender imprescindibles), la incorporación de estudios o artículos, ilustraciones, índices, etc. Para no extendernos, fácilmente puede encontrarse la excelente Edición del IV Centenario, de la Real Academia Española y de la Asociación de Academias de la Lengua Española. El mismo texto, en formato algo mayor, en edición de Francisco Rico, editado por Alfaguara es el que hemos preferido. Son 1106 páginas más unas trescientas de anexos: estudios, imágenes, índices, etc.

Leer-escribir
Nos ha resultado muy útil tomar notas a la vez que leíamos. Así que, cada vez que terminamos de leer un capítulo abrimos nuestra libreta y en breves líneas resumimos lo leído. Esto es muy positivo porque te permite fijar lo que más te ha llamado la atención, una aventura, un refrán, una palabra en desuso, etc. y además te va dando confianza para ir avanzando en la lectura, pues esta tarea parece tener en sí misma una finalidad que no es otra que llegar completar las notas de todos los capítulos. Así día a día escribimos en nuestro cuaderno hasta completar sus ochenta páginas. Cuando ya en los últimos capítulos escribíamos las anotaciones llegamos a creer, por momentos, ¡que éramos nosotros quienes estábamos escribiendo el Quijote!


Aventura tras aventura
Los estudiosos identifican a menudo en los escritos de Miguel de Cervantes fragmentos de carácter autobiográfico y es que la propia vida del escritor fue una auténtica aventura. Fugitivo de España por causar heridas a un contrincante en una pelea, fue condenado en rebeldía, por lo que escapó a Italia. Pasó al servicio de un cardenal y después entró como soldado en la compañía del Capitán Diego de Urbina. Participó en la batalla de Lepanto donde resultó herido por arma de fuego en la mano izquierda. De regreso a España en una galera, fue hecho prisionero por una flotilla turca frente a la hoy denominada Costa Brava, y junto con su hermano Rodrigo fue llevado a Argel. Cautivo durante cinco años intenta la fuga cuatro veces, pero fracasa en todos los intentos y como castigo por la reincidencia se decidió enviarlo a Constantinopla. Entonces, gracias a la acción de dos frailes trinitarios, fray Antonio de la Bella y fray Juan Gil, consiguen con gran dificultad reunir los quinientos ducados exigidos por su libertad (18 septiembre 1580). Años después por dos veces solicitó empleo en las Indias, empleo que le fue denegado. Gracias a estas negativas probablemente tengamos hoy el Quijote. De todas formas la vida de Cervantes no es bien conocida, aunque existen extensas biografías que rastrean en miles de documentos de la época.
Estaría fuera de sitio hacer aquí un juicio de valor del Quijote, pues no somos literatos. Pero baste decir que el Quijote es la obra central de la lengua y la cultura españolas y una de las más importantes de la literatura universal. Traducida a más de un centenar de idiomas, tiene a cuatro siglos de su publicación, millones de lectores en todo el mundo.Ciento veintiséis capítulos de aventuras te esperan. Recuerda lo que el propio Miguel decía de su obra:
“los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran”

Un Quijote atlántico
¿Y si a Miguel de Cervantes, con una brillante hoja de servicios, Felipe II le hubiese concedido el solicitado empleo en las Indias? Habría tomado el camino de Potosí o de cualquier otro lugar de América. Seguramente hubiese tenido que pasar por estas ínsulas, no imaginarias sino reales, y ¿quien sabe? Tal vez, aquellas batallas navales que se narran en el Quijote frente a Barcelona hubiesen tenido lugar en las aguas atlánticas que nos rodean. Para la imaginación de don Quijote aquí no faltaría de nada, gigantes como el Teide, cubierto de los erizados yelos del invierno, montañas de fuego, barrancos por donde se sale del Infierno, paisajes de la Luna, enormes rosas de piedra, islas que arden en la noche, feroces lagartos, cuevas donde los vientos se desatan, abordajes en las azules aguas de la mar océana, tan infestadas de piratas como las del Mediterráneo… Y nada tendría de extraño porque tres siglos más tarde poco le costó a otro Miguel, de Unamuno, decir
“Cuando Don Quijote vino a esta isla de Fuerteventura…/… se consolaba contemplando las matas de aulaga”

El Quijote, el Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes sí es un libro que hay que leer. Sin embargo tras las mil divertidas aventuras e historias que se cuentan, tras las risas, las carcajadas y las burlas que han hecho disfrutar a millones de lectores, hay también un libro triste que en sus capítulos finales termina por hacernos llorar.
Notas y referencias
La primera imagen es de Honoré Daumier, obtenida en Internet Archive.
También pueden encontrarse versiones antiguas del Quijote, así como estudios de interés como los de Martín de Riquer, Ortega y Gasset o Miguel de Unamuno entre otros.
Recopilación de las ediciones del Quijote de la Biblioteca Nacional de España

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